La Navidad es el cielo en la esquina

Saliendo del bus, cansado pero sonreído por la esencia chibcha en la querida hora pico, mi mente-cual película- se apartó de la bulla y se concentró en una lágrima silenciosa que generó un gran eco en mi alma. Me acerqué a secarla y pregunté a la fuente de aquel rocío:

-¿Qué le pasó doñita, por qué llora?

Desde su silla de ruedas, acomodando su caja de pequeños productos (chicles, bombones, bananas), dice:

-Porque estoy cansada de que me ignoren y humillen; me han corrido del MIO muchas veces y además aquí nadie para, usted es el primero y son las 5 de la tarde. Chamo, no es fácil que la gente no te determine y súmele que no tengo donde dormir; ¿no le parece que es suficiente para llorar?

Con el corazón en la mano le digo que nadie la puede hacer sentir menos sin su consentimiento, que es muy valiosa para Dios y que a partir de aquel día tendría un pana, un caramelo, una llavería que le ayudaría a encontrar puertas; acto seguido oramos y sus lágrimas desaparecieron.

Sabía que en aquel momento la señora vivía un desierto y yo, aunque no tuviera el agua cristalina que ella demandaba, podría ser un río. Esa promesa me perseguía cada vez que salía del MIO. Entonces se volvió parte de mi rutina, antes de llegar a casa, hacía una última parada que llamé “la esperanza”. Llegaba, le contaba de mi día, de las clases, de mis gustos y le pedía consejos de conquista; ella, siendo una poeta con calle, siempre la tenía lista. Le conté de mi rap y le gustó, por eso cuando estaba triste le cantaba y ella hacía los coros, así nos convertimos en unos panas sin peros, sin esperar nada a cambio que no fuera una sonrisa sincera.

Con el pasar de los días estaba yo hablando de ella, cuando ¡oh sorpresa!, no me sabía su nombre. No se si fue por elevado o porque cuando hablan las almas los títulos sobran; lo cierto es que siendo protagonista de mi vida tenía que saber cómo llamarla. Le pregunté. Su respuesta me dejó frío:

-Me llamo Cielo.

Mi corazón interpretó su nombre como la realidad más pura en el mundo hoy: el cielo está ahí, al lado, esperando que la gente se acerque; pero el ser humano es frío e ignora el humilde y glorioso tesoro que vive en lo impredecible, lo amable, lo indescifrable.

En diciembre de 2015 había comprado unos pequeños detalles para mi familia. El 23, quedé en verme con Cielo y no podía aparecerme con las manos vacías; así que decidí llevarle lo que pensaba poner en el árbol de casa (Perdón familia, les debo sus regalos). Con el gozo en cada paso llegué donde mi socia, ella me esperaba con una tarjeta de navidad y un llavero, a lo que yo sonrío y le entrego su regalo con quizá el más sentido “Feliz navidad” de mi vida. Nos quedamos compartiendo, comiendo, cantando y, sobre todo, gozando.

Pero allí no terminaba la sorpresa, cuando ya estaba satisfecho por la jornada, la vida me dio una gran lección a través de aquel personaje. Antes de irme, me entregó una bolsa con un jean como el que había estado buscando todo diciembre en las tiendas.

No la creí y al principio fui esquivo:

-No, véndalo y con ello se hace lo del cuarto de hoy.

A lo que dice

– No me lo desprecie, recíbalo y se lo vacila mañana.

Su gozo al dar me obligó a recibir, diciendo:

-Me lo llevo sólo porque esto es un párrafo imborrable en mi vida.

Así, aquel 24, mientras compartía con mi familia con el jean vacilao, entendí que la vida a través de la doña me enseñaba que el cielo está ahí, al alcance de todos, donde menos lo imaginamos, escondiendo invaluables tesoros.

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